ORDESA Y EL MONTE PERDIDO  

 

ORDESA Y EL MONTE PERDIDO

Cómo empezó

Todo comenzó como suelen comenzar las cosas en el Perro que sabía decir no: una juventud ociosa, un hígado masacrado por el alcohol, unos pulmones intoxicados y un soporífero futuro inmediato de cómoda rutina. Pero apareció un corazón indómito llamado Evelio proponiendo un plan salvador: Organizar un viaje a los Pirineos.

Sonaba entretenido, de modo que ni perezosos ni “na” el Pimpo y el Tito se apuntaron a aquella excursión.

Lo primero de todo fue preparar un poco la excursión, entre otras cosas porque los pirineos son muy grandes sólo teníamos una semana para estar por allí. Como nuestros diminutos cerebros no daban para mucho el plan consistió en buscar en internet una ruta por los pirineos. Por unanimidad y sobre todo por la velocidad del internete el plan a seguir fue el primero que apareció: PARQUE DE ORDESA-MONTE PERDIDO.

 

El Pimpo, El Tito y el Eve

Primer Día

Partimos sin demora un Jueves de verano a eso de las seis de la mañana. Raudo e impetuoso el Alambique Veloz dejó la altiplanicie castellana para surcar tierras aragonesas. Atravesamos el río Ebro, la capital maña, Jaca y el fuerte Rapitán. Sin desfallecer ni flaquear llegamos a las empinadas y estrechas carreteras de montaña, y dejar atrás Sabiñánigo y Biescas, llegamo a nuestro destino: Torla. Último pueblo accesible para los coches y por lo tanto donde comenzaba la caminata.

Vaya paquete que lleva el Evelio.

No era cuestión de echarse a andar por afición, aquel día debíamos llegar hasta el refugio de Goriz que se encontraba a unos 1000 metros más alto y a unas siete horas de camino. Claro que entonces eso no lo sabíamos. Necesitábamos un mapa y después de preguntar en la oficina de turismo nos mandaron a comprar mapas a una tienda. Por supuesto fuimos a la primera que encontramos, no estábamos para derrochar fuerzas, y vaya señor majo nos atendió. Nos preguntó de donde éramos, que era lo más bonito para ver, por donde se iba y finalmente nos vendió un mapa y nos recomendó que el primer tramo no lo hiciéramos con autobús, que éramos jóvenes y se podía hacer andando. Total que después de andar los primeros cinco kilómetros nos dimos cuenta que el mapa no señalaba bien ni la mitad de las cosas y que el primer tramo se hubiera hecho más corto si hubiésemos cogido el autobús. Son cosas como estas las que hacen que hoy en día desconfíe de los tenderos simpáticos, y comprendo un poco mejor a esos homicidas que salen en ese programa de sucesos justo antes del telediario.

Retomando el tema del viaje. Eran las 11 y media de la mañana, llevábamos una hora y media caminando con diez kilos en la espalda repartidos entre bocadillos bien de jamón o tortilla, cantimploras, tienda y sacos de dormir. Sin olvidarnos de los frutos secos y unos caramelillos que compró el Evelio el día de antes. Por si fuera poco el Pimpo corría como si estuviera esperándole alguna chica o le fueran a dar un premio por llegar el primero. Este afán de superación lo sufrieron en sus carnes tanto el Tito como el Evelio que iban como putas por rastrojo. Afortunadamente el Pimpo se apiadó de sus almas y todos juntos pudimos disfrutar contemplando las espectaculares cascadas, los antiguos bosques de hayas y de las impresionantes montañas que se habrían ante nosotros.