ORDESA Y EL MONTE PERDIDO

 

Llegamos por fin a la cola de caballo donde aprovechamos para realizar el avituallamiento y planificar el último tramo del día hasta el refugio de Goriz. Nos comimos los bocadillos de jamón y de tortilla, los caramelitos y los frutos secos y ya estábamos listos para reanudar la marcha. Escalamos las clavijas, una pared no muy peligrosa pero que para cualquier inexperto, y en este caso todos lo éramos, acojona bastante. Ascendimos el cañón y contemplamos maravillados el camino que tanto nos había costado recorrer y que ahora, desde aquella atalaya natural, se extendía minúsculo e insignificante a nuestros pies.

Reconfortados por tan sublime espectáculo reanudamos la marcha hasta llegar el tan deseado refugio de Goriz a eso de las seis. Habíamos caminado durante más de siete horas y aunque exhaustos, por lo menos ya no ascenderíamos más hasta el día siguiente.

 El refugio estaba lleno de tiendas de campaña alrededor, así que lo primero que hicimos fue elegir un sitio para poner nuestra tienda. Como no vimos ninguna tienda con chicas exuberantes que quisieran algo más que palabras con nosotros decidimos montarla en una pequeña explanada para poder dormir lo más cómodamente posible.

Aquella tarde poca cosa más se hizo, el Pimpo encargó tres desayunos para el día siguiente en el refugio, el Evelio se fue urgentemente a abonar el monte perdido y el Tito montó la tienda. Tras la puesta de sol nos acomodamos en la tienda de campaña dispuestos a dormir. Y dormimos. Y dormimos calientes.

 

Especial atención a la expresión mezcla de placer y dolor de la cara del Pimpo. me pregunto donde estará sentado

No es la sirenita de Copenhague. Es el indómito Evelio en el Lago Helado

Segundo día 

Amanecimos a eso de las ocho y media para desayunar en el refugio. El desayuno consistía en un tazón de leche grande y un par de rebanadas de pan que podías combinar con mantequilla y mermelada o con mantequilla y nocilla según preferencias.

Después nos preparamos unos emparedados de chorizo y jamón de york con queso, llenamos las cantimploras y recogimos la tienda de campaña, llevándonos lo esencial para la ascensión en una mochila.

Afortunadamente el Pimpo se levantó bastante calmado aquella mañana y esta vez no marcó un ritmo rápido, tal vez porque nadie le dio un premio cuando llegó el primero al refugio de Goriz.

La primera parte de la ascensión estuvo marcada por dos cosas: la primera fue que vimos nieve y el indómito Evelio se echó una foto. La segunda fue que vimos una marmota y esta vez el indómito Evelio, en lo que se puede considerar un ataque de espíritu naturista, le echó cinco fotos. Lo cierto es que en las cinco, la marmota sale preciosa. Entre unas anécdotas y otras, entre subir por la nieve o por las rocas y entre que si es por aquí o por allá, llegamos hasta el Lago Helado donde repostamos mientras observábamos aquella cumbre lejana que queríamos conquistar.