ORDESA Y EL MONTE PERDIDO

No tardamos en reanudar la marcha, quedaba lo más duro. Una pendiente endemoniada recorrida por un camino en pésimas condiciones donde por cada paso hacia delante se perdía medio resbalando. Estás extremas condiciones la acusó especialmente el Pimpo, que después del generoso esfuerzo del día anterior, hoy se quedaba rezagado. De alguna forma u otra todos supimos sobreponernos a las adversas condiciones y tras un último esfuerzo conseguimos coronar el Monte Perdido (The Lost Mont) a 3355 metros de altitud.

Hemos encontrado el Monte Perdido !!!

Una vez allí, y tras admirar el paisaje desde aquella cumbre donde todo parecía más pequeño e intrascendente, descansamos junto a un par de montañeros con los que charlamos un rato.

Una vez descansados, y tras echar el último vistazo a tan extraordinario paraje comenzamos el peligroso descenso. Aparte de algún susto que otro por las prisas, el descenso resultó curiosamente más descansado que el ascenso. Deshicimos el camino andado, volvimos a pasar por el Lago Helado (que por cierto, no estaba helado). Bajamos por rocas y abruptos caminos, llegamos a Goriz sin otra novedad que saber que la marmota ya no estaba donde la habíamos visto y el Evelio no le pudo echar más fotos.

De vuelta en el campamento, preparamos unos macarrones en el camping gas, nos duchamos y aseamos como mejor pudimos en las aguas frías del pirineo y pasamos la tarde charlando con otros montañistas de verdad. Digo de verdad porque mientras nosotros habíamos ido tipo turista tres días al monte, ellos tenían planeado subir unas cuantas cumbres, o atravesar los pirineos desde el Cantábrico hasta el Mediterráneo. De modo que entre macarrones, historias y la tranquilidad de la naturaleza pasamos la tarde hasta la llegada de la puesta del sol, cuando de nuevo nos recogimos dispuestos a dormir. Y dormimos. Y dormimos calientes.

Tercer Día

Llegó el sábado, día del regreso a casa. El Pimpo, cual gallo de corral, empezó a imitar el sonido de alarma de barco que ponen en las radios. Rápidamente nos despertamos y también todos aquellos infelices que pensaron que ponerse cerca de nuestra tienda de campaña era una buena idea.

Después de cabrear al personal nos preparamos un desayuno con leche condensada y las últimas rebanadas de pan bimbo que nos quedaban y emprendimos el camino de vuelta.

Por no volver por donde habíamos venido, una vez en la Cola de Caballo, decidimos coger la faja de Pelay, un camino alternativo que nos llevaría al mismo sitio. El camino aunque más descansado que los anteriores resultaba demasiado ascendente para nuestro gusto. Durante la mayor parte del camino los árboles y la vegetación no daban sombra aunque también había abruptos barrancos desde los que pudimos observar el fluir del río y la magnificencia de del valle en forma de U.

Volviendo por el cañón

Llegamos hasta el mirador Calcilarruego, y como buenos calcilarruegos que somos, pues miramos. Como no podía ser de otra forma, el paisaje fantástico. A partir de aquí seiscientos metros de bajada en unos pocos kilómetros. Fue aquí cuando le dio por correr a don Tito. Afortunadamente no hubo que lamentar ninguna caída ni ninguna baja, con lo que llegamos a la pradera de Ordesa un poquito antes.

Puesto que estábamos un poco saturados de naturaleza y parajes salvajes decidimos optar esta vez por coger el autobús que nos llevaría desde la susodicha pradera de Ordesa hasta Torla, lugar donde se encontraba el pocas veces tan anhelado Alambique Veloz.

Emprendimos de este modo la vuelta a la tranquila Ágreda a las cuatro y media de la tarde, con un sol de justicia en pleno verano. El Alambique se transformó en una sauna que llegó a Ágreda sobre las ocho. Entramos a casa sudando pez y tanto el Pimpo como el Tito agradecieron la confortabilidad e intimidad de sus respectivos rocas.

 FIN