Día 1

Día 1: Ágreda–Castilruiz–Segovia-Avila- Salamanca

Lo dicho, nuestra aventura comenzó el 7 De Septiembre a las 8:30 de la mañana, hora a la que daba de mano el camarerillo del Jose, el Evelio se montó en su alambique ( que así se llama su coche para los que no lo sepan) y fue a recogerle al Chester, fueron a por sus cosas y a continuación a por el Tito que por lo visto tenía intención de continuar su sueño sin mayor dilación, colocó su escaso equipaje en el maletero ya que es un hombre de escasas necesidades, eso sí, se bajó un almohadón de matrimonio para los asientos traseros. El viaje comenzaba a todo confort. A esas horas de la mañana y más después de trabajar ¿quién no tiene hambre? Fueron a por unos torreznos y ni decir tiene que desaparecieron a la velocidad del rayo.

Descarga reponedora

Coche rojo

El motor del alambique veloz rugía hambriento de carretera, sediento de puertos y ávido de velocidad. Partieron pues hacia Castilruiz donde les esperaba no sólo nuestro amigo Antonio sino también el cabroncete (con cariño) de su padre con una bolsa de tostones para el viaje. ¡Dios mío que tostones!, ¿dicen que la Ballerina es absorbente? Pues los tostones del padre del Largo más. Te comías uno y tenías sed para todo el viaje. Al final los tiramos a un río y se secó. De todas formas desde aquí agradecemos el gesto bondadoso del padre del Largo aunque agradeceríamos más que no lo repitiera.

¡Ahora sí que comienza el viaje!!! ¡Rumbo a Segovia!!!

Al llegar a Segovia nos encontramos con el primer personaje genuino de nuestro viaje, el colaborador voluntario de aparcamiento, un segoviano al servicio del turista que te indicaba dónde podías aparcar. El hombrecillo no tenía empleo y sacaba sus pelillas de este modo (nosotros le dimos un euro ante el temorcillo de que nos robara algo aunque realmente resultó ser un buen hombre) Nos dirijimos hacia el acueducto y unos puestecillo de aromaterapia donde conocimos a una joven y sonriente vendedora que cautivó nuestros corazones pero no nuestros duros bolsillos... sorianos somos.

Visitamos el castillo de... la casa de... la otra de...  el monumento a... la iglesia de... y alguna cosilla más de cuyo nombre no quiero acordarme.

Al acercarse la hora de la comida cogimos nuestros bocatas y qué mejor lugar para degustarlos que sobre un arco del acueducto ( al que a algunos les costó sus sudores subir) disfrutando del solcillo segoviano. Cómo no, el Largo hizo una de las suyas y en un arranque de curiosidad y entusiasmo preguntó: ¿qué es esto? ¿El qué? Respondimos a coro, se agachó y agarró la planta en cuestión ¡Coño una zarza! Gritó al sentir su caricia.